1987: El Peñarol de los Milagros
La temporada de 1987 empezó con más dudas que otra cosa: Peñarol no pasaba un buen momento financiero, por lo que el presidente Cr. José Damiani puso como prioridad a desarrollar a las promesas más jóvenes y no tanto fichar estrellas; el once titular inicial no pasaba de los 25 años en promedio.
El técnico era Oscar Washington Tabarez “El Maestro”, que sabía cómo trabajar con juveniles y, más aún, inculcar la mentalidad Peñarol.
FORMATO
El formato era igual al de la edición 1982:
★ PRIMERA FASE: 20 equipos divididos en 5 grupos de 4 equipos (dos nacionalidades por grupo).
Los ganadores de cada grupo avanzaron a la segunda fase, donde comenzaba automáticamente el campeón vigente (en este caso, River).
★ SEGUNDA FASE: 2 grupos de 3 equipos; los primeros de cada grupo disputaban las finales.
★ FINALES: Mismo sistema de puntos que se venía utilizando.
Los clubes participantes (aparte de Peñarol) fueron:
River Plate (ARG)
Rosario Central (ARG)
Independiente (ARG)
The Strongest (BOL)
Oriente Petrolero (BOL)
São Paulo (BRA)
Guaraní (BRA)
Colo-Colo (CHI)
Cobreloa (CHI)
América de Cali (COL)
Deportivo Cali (COL)
El Nacional (ECU)
Barcelona (ECU)
Sol de América (PAR)
Olimpia (PAR)
San Agustín (PER)
Alianza Lima (PER)
Progreso (URU)
Unión Atlético Táchira (VEN)
Estudiantes de Mérida (VEN)
TRANSCURSO
Peñarol formó en el grupo 5 junto a Progreso y los peruanos Alianza Lima y San Augustín. Rivales de poca exigencia comparado a los otros participantes.
La primera fase resultó con 4 victorias —dos contra Alianza Lima (1-0 en Perú y 2-0 como local), una contra Progreso (3-2) y otra contra San Agustín (2-0 en el Centenario)— y 2 empates —1-1 con Progreso y San Agustín—.
Tremenda primera fase de los jóvenes Mirasoles, clasificando como puntero con 10 puntos, 11 goles a favor y solo 4 en contra.
El Decano mostró su coordinada defensa y su capacidad ofensiva, con Diego Aguirre como referencia.
SEGUNDA FASE
En la segunda fase, el Manya cayó en el grupo más complicado que podía tocar.
Los rivales fueron River Plate (el vigente campeón de América y del mundo) e Independiente (el consagrado heptacampeón de la Libertadores, que mantenía una racha de 24 años sin perder como local frente a equipos extranjeros).
PEÑAROL vs INDEPENDIENTE
El Carbonero comenzó con todo, recibiendo al Rey de Copas en el Centenario y lo vapuleó:
A los 11´, Aguirre puso la cabeza para adelantar al campeón uruguayo; faltando 5´ para el entretiempo, el maragato Jorge Cabrera controló el balón, se sacó a los centrales de encima y definió con calidad para el 2-0 parcial; el último gol llegó de la cabeza del “Zurdo” Viera a los 52′, finalizando una goleada totalmente memorable.
PEÑAROL vs RIVER PLATE
Peñarol recibía a River, lo esencial era no perder y así fue. En un enfrentamiento ajustado, donde los goleros estaban al tanto hasta de las hormigas, no se pudieron sacar ventajas. El grupo se ajustaba y tocaba lo más difícil. Ir a definir los últimos 4 puntos de visitante.
INDEPENDIENTE vs PEÑAROL
El viaje en Argentina empezó por el Estadio Doble Visera, casa del Rojo de Avellaneda.
Un estadio repleto dio comienzo al partido, que se desarrolló como se esperaba: llegadas, tapadas, polémicas, golpes; la paridad fue clara y se mantuvo hasta el receso.
Nadie podía imaginar el espectáculo futbolístico que ofreció la segunda mitad.
La “Fiera” Aguirre adelantó al Club del Pueblo con una palomita dentro del área a los 58′; diez minutos después, Daniel Vidal aceleró en la media cancha, esquivó a su marcador saltando un puntapié y, con gran clase, le dio el pase a Jorge Cabrera, que venía por la otra punta. Cabrera definió con precisión para que la pelota pegara ras en el palo derecho y se metiera en el arco, ampliando la ventaja.
Los goles Mirasoles no fueron suficientes para apagar el ánimo rival: a los 78′, los locales marcaron el descuento y adelantaron líneas buscando el empate. Por suerte y con justicia, Da Silva replicó la jugada del segundo gol; pero, en vez de pasar la pelota, terminó él la jugada, marcando un golazo a puro amago.
Los Diablos descontaron nuevamente, tras un rebote imposible para Pereira (arquero de Peñarol). La situación se ponía tensa otra vez; sin embargo, aprovechando que Independiente tenía las líneas totalmente arriba, Daniel Vidal apretó por última vez el acelerador, quedando mano a mano con el guardameta rival. Al tener poco ángulo para una definición segura, optó por amagarlo y, cuando ya estaba vencido el portero, envió un espectacular centro que Cabrera mandó a guardar, sentenciando el partido —uno de los mejores en la historia de la Copa—. Peñarol le quitó a Independiente un invicto de 34 partidos sin perder como local por Copa Libertadores de América (no caía desde 1961).
RIVER PLATE vs PEÑAROL
Ya con 5 puntos, el equipo del “Maestro” Tabarez estaba matemáticamente en la final, por lo que el último partido contra River en Núñez que terminó en victoria para el local, no cambiaba la clasificación.
El Club Atlético Peñarol se metió por novena vez en una final del torneo americano más prestigioso jamás creado, el contendiente era un equipo que se hizo famoso en esos años por haber llegado a las dos últimas finales pero sin haber ganado ninguna: El América de Cali, proveniente de Colombia y con varias estrellas del momento, como los delanteros Ricardo Gareca (nueve de gran regate y técnica) y Willington Ortiz (considerado uno de los mejores colombianos de la historia).
Un equipo que muchas veces pecaba de sobrador y no saber concretar los momentos decisivos.
FINALES
La primera final se jugó el 21 de octubre en el Estadio Pascual Guerrero, repleto de 40 mil colombianos ansiosos por ver a su equipo campeón de América.
Peñarol y sus hinchas más veteranos se dieron cuenta de que estas finales iban a ser un desafío gigantesco; el equipo escarlata demostró una gran seguridad en el fondo (tanto sus defensas como el arquero Falcioni) y, en el ataque, los arietes no perdonaban errores.
El partido acabó 2–0 a favor del equipo cafetero.
Como siempre, la prensa e hinchas rivales daban a Peñarol como prueba fácil; en Montevideo bastaría con no perder y la obligación de ganar recaía completamente en los Aurinegros.
En algo tenían razón: Peñarol estaba obligado a GANAR.
El 28 de octubre, el Estadio Centenario, vestido de amarillo y negro, se preparaba para una hazaña más del equipo padre del fútbol uruguayo.
En los inicios, a pesar del gran recibimiento del Pueblo, se veía lo del partido pasado: la gran superioridad del América tanto para sacar como para defender.
A los 20′, un pase aéreo del entreala Battaglia terminó en la cabeza de Cabañas y la clavó en el ángulo; 1–0 a favor de los visitantes. Inmediatamente después pasó lo que más tarde condenó al conjunto colombiano al fracaso: Gabriel Ochoa (DT rival) indicó un planteamiento más defensivo, con el objetivo de mantener la ventaja deportiva.
El Decano empezó a mostrarse más activo, a moverse por las bandas y Aguirre comenzó a disparar cada vez más cerca de los tres palos.
La desventaja se rompió a los 68′, tras un centro de Jorge Cabrera que Aguirre supo anticipar, escabulléndose entre los más altos y saltando para mandarla a guardar al fondo; el Centenario explotó tras el empate; la hinchada, como siempre, dio cátedra de cómo sobrellevar la presión de este tipo de encuentros.
Los jóvenes jugadores del Manya cambiaron totalmente de actitud; Peñarol inició con la agresividad que siempre lo caracterizó.
Los minutos pasaban; las ocasiones eran constantes, pero el esférico no quería entrar. Todo parecía apagarse lentamente; pero una inesperada falta a los 87′, a un poco más de 20 metros del arco, renovó las ilusiones: el encargado sería el “Bomba” Villar, zurdo de 20 años recién cumplidos; responsabilidad enorme para el juvenil —que, con una calidad solo comparable al gol de Jair en 1982— marcó un golazo en un contexto imposible.
La euforia fue total; Peñarol se quedó con un partido que marcaba la paridad en puntos, teniendo obligatoriamente que disputarse una tercera final.
Como si fuera obra del destino, el Estadio Nacional de Santiago sería el epicentro de todas las esperanzas de todo un país, alentando al Decano.
La última esperanza se marcó para el 30 de octubre.
El nerviosismo se notó en la entrada de los jugadores:
por un lado, Peñarol, con sus jóvenes jugadores enfocados en una cosa: el milagro y la hazaña;
por otro, el América de Cali, con sus “estrellas” de mirada perdida en su sueño de sentarse en la mesa de los grandes.
El partido estuvo marcado por errores: ambos tuvieron sus oportunidades y sus momentos; los arqueros estaban con ojos hasta en las manos; los defensas, a veces erráticos, a veces seguros; y los delanteros, imprecisos; los palos fueron protagonistas, desviando oportunidades claras, como el riflazo del “Zurdo” Viera que pegó en el ángulo izquierdo —Falcioni quedó mirando—, o la chilena de Gareca que se fue rozando el travesaño.
El América jugaba a la defensiva, procurando un partido sin alegrías (un empate los consagraría campeones por la diferencia de resultados anteriores); tanto fue así que, a los 70′, quedó con uno menos por hacer tiempo y, a los 80′, Ricardo Gareca fue sustituido por un defensa.
Se cumplieron los 90′ y continuó la equidad.
En el suplementario se vio una versión del partido que muchos creían impensada: Peñarol atosigaba al América con vendaval tras vendaval; los colombianos empezaban a temblar; algunos tiraban pelotas al campo, otros fingían lesiones para consumir segundos. Entre tanta insistencia del Decano, el milagro llegó —y mejor tarde que nunca— a los 120′: un ida y vuelta del balón en el sector medio de la cancha culminó en un pivoteo de Villar para Aguirre; este último, con gran valentía, se metió en el área (rodeado de cuatro defensas) y, cruzando la pelota en un potente remate, la mandó a guardar. La “Fiera” y todo el plantel corrieron gritando de euforia; es más, ni siquiera podían gritar del cansancio y de la emoción.
Fue indescriptible la hazaña: un equipo joven, canterano, a puro huevo y calidad llevó el nombre de Peñarol a lo más alto. Hazaña que solo se atribuía a leyendas como Spencer, el “Tito” o Morena, la consiguieron ellos, unos “gurises”.
El Peñarol del “Maestro” firmó nuevamente el libro de los imposibles y levantó la ansiada quinta Libertadores.